
Bilardismo
(algunas paradojas de la cultura argentina)
Bilardo, Carlos
Futbolista. Director técnico.
Bs. As., 1942
Como director técnico de la Selección nacional (1983-1990), conquistó la Copa del Mundo en 1986 en México y el subcampeonato en 1990 en Italia. Aplicando las enseñanzas de su maestro Osvaldo Zubeldía, técnico del Club Estudiantes de la Plata en la década del sesenta, revolucionó la estrategia de juego tradicional, a nivel de seleccionado (...).
Diccionario de los argentinos, hombres y mujeres del siglo XX (publicación del diario Página/12, Buenos Aires, 2001).
Algún lector iniciado se adelantará y pensará tal vez en la siguiente paradoja, ya canónica. Menotti, hombre de izquierda, intelectual, progresista, fue el director técnico de la selección nacional de fútbol de la dictadura militar, durante un mundial rodeado de campos de concentración y otro en plena guerra de Malvinas. Bilardo, en cambio, hombre alejado de los menesteres de la retórica, llevó a la selección a dos triunfos extraordinarios (el campeonato del ’86 y el subcampeonato del ’90) en plena democracia recuperada y bajo dos gobiernos distintos.
Más allá de esto, que no constituye para nada un dato menor, me interesa analizar qué subyace en las concepciones del fútbol de ambos contendientes clásicos. Menotti es relacionado con el fútbol ofensivo (pero practica el achique, actual eufemismo para la vieja trampa del offside), las individualidades creadoras (por lo tanto, un star system), la espontaneidad y la alegría del juego; pero los partidos de su selección, salvo excepciones, eran aburridísimos, Maradona nunca jugó bien en ella y, en definitiva, poco hay más triste que no ganar nunca. Bilardo, simétricamente, ha sido convertido en paradigma del fútbol defensivo (pero usa menos defensores netos), del esquema rígido (pero planifica cada partido según el rival), del juego colectivo casi anónimo (pero Maradona hizo maravillas en esa estructura). Primera paradoja o contradicción: el intelectual propone una tesis espontaneísta (por lo tanto, antiintelectual), y el rudo, una tesis intelectualista (por su fuerte contenido táctico, es decir, teórico).
Pero hay más todavía. Y lo principal, creo. Se sabe que, desde 1986, muchos equipos del mundo aplican el innovador sistema bilardista (líbero y dos o tres stoppers, laterales volantes, mediocampo muy concurrido, dos y hasta un solo delantero). Por lo menos, los equipos chicos, seguro. He aquí la clave. El método Menotti sólo funciona en equipos con jugadores brillantes, y siempre que éstos se inspiren y no tengan enfrente un equipo muy bien ordenado (pensar en los sucesivos fracasos colombianos). El método Bilardo puede ser aplicado por cualquier equipo con jugadores relativamente funcionales y sacrificados (no precisamente estrellas). Esto le viene, por supuesto, de su maestro Osvaldo Zubeldía. De ahí que selecciones como Rumania, Nigeria o Bulgaria lo hayan practicado durante años, hasta poder desarrollar una mayor experiencia internacional. Ya no hay —todos lo dicen— equipos chicos. Y esto es en gran medida un fruto del bilardismo (así como el Estudiantes de Zubeldía fue el primer equipo chico que les disputó su lugar a los grandes).
En otro nivel más profundo, el bilardismo implica un intento desesperado —y por lo mismo heroico— de neutralizar el azar; la utilización de las cábalas son parte de esto. Además, cuando se reivindica una estética del fútbol, ¿por qué, precisamente, habría solo una?. Ésta es, por lo tanto, la paradoja central. Menotti, intelectual progresista (que elogia conservadoramente el fútbol de antes), propone un sistema elitista, a lo sumo anárquico. Bilardo, calificado por los plateístas del café como picapiedras, ha instalado, guste o no, un sistema que socializó el éxito futbolístico, acortando las antiguas y sagradas distancias entre equipos grandes y equipos chicos, protagonistas y comparsas, fuertes y débiles, ricos y pobres.
Por Pablo Valle