
Otros siete goles
Datos objetivos: se ganó un clásico difícil, ratificamos nuestra condición de candidatos al título, demostramos un gran juego, Pavone resucitó, nos ilusionamos con arrancar otra racha ganadora y ampliamos la diferencia con nuestro rival a tres partidos. Son datos indiscutibles, irrefutables, incuestionables. Son datos fríos que están ahí para ser interpretados. La primera interpretación, la que todos tenemos a mano, es que somos superiores a nuestro rival, ¿a alguien le quedan dudas a esta altura? Nosotros ya lo sabemos, desde siempre, y a ellos no les queda otra que convencerse. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.
Luego, la fiesta. El marco, impresionante. El partido, una batalla épica, con gladiadores heroicos que demostraron lo que es dejar todo en una cancha. Un nombre que para escribirlo se necesitan letras doradas: Verón, capitán y líder indiscutido de nuestro ejército. En el post anterior señalaba lo importante que era salir a la cancha con él liderando la fila. Y lo demostró claramente.
Tenemos la expulsión de Caldera, algo que me preocupó mucho no por el hecho de quedar con diez, más bien por la actitud inmadura del jugador. Me quedo con sus declaraciones de ayer en las que explica que se equivocó feo. Ese es el Caldera que necesitamos, maduro, reflexivo y capaz de advertir sus errores. Como dijo la Bruja, son desgracias que a cualquiera le puede pasar en un partido como ese, lo que suma es el ejemplo del jugador tras el clásico.
Pero más allá de la pérdida de alguien clave, el hecho de jugar con uno menos realzó notoriamente el valor del partido. Algunos dicen que vale más que el 7 a 0, no lo sé ni me interesa. Lo cierto es que la demostración de huevos fue otro mojón en una historia llena de hitos heroicos. Cuánta emoción, cuántos nervios, cuánta valentía de un equipo que sabía que era superior y que sólo había que demostrarlo dejando el alma. Y se hizo y cuando se hizo del otro lado llegó el miedo, el pis, la caca encima, la impotencia de su hinchada que en su necedad se resiste a admitir lo que es una verdad incocultable. La lluvia y la cancha pesada como marco legendario, los jugadores ofrendando su victoria al pueblo pincha que ya a esa altura estaba borracho de gloria.
Estudiantes ganó otra vez y honró su historia, como corresponde a un equipo y cuerpo técnico que respeta sus tradiciones. Se consolidó en la punta y lo disfrutamos como nunca, o como siempre. 7 a 0, 2 a 1 y 47 a 44, cifras que hablan de dos status diferentes, pero también de dos esencias, fibras distintas. Está el que pone, el que deja todo, el que gana y demuestra su coraje, y está el que arruga, el que pierde el que casi gana y se vuelve con las manos vacías.
Y por supuesto, el show de las declaraciones. Ayer, esta madrugada, un chileno desconocido salió a declarar contra Verón. Un irrespetuoso, un extranjero que viene a ganarse el pan a nuestro país y critica al capitán de nuestra selección; un tipo que no entendió lo que es un clásico y que los partidos hay que ganarlos dentro de la cancha y no fuera, y que si cobrás te la tenés que bancar, que por algo este es un juego de hombres. Verón juega fuerte, lo sabemos, a veces al límite, y en estos partidos y con un hombre menos se lo suele pasar; queda claro y hay veces que eso perjudica al equipo porque se llena de amarillas y le da pasto a la fiera popular que tiene como hobby darle masa. Pero en el clásico del domingo todos vimos que fue una acción casual, y si sangró un poco no habrá sido para tanto porque terminó jugando todo el partido. Entonces lo mejor hubiera sido callarse la boca.
Tampoco aprovecharon la oportunidad de llamarse a silencio los hinchas triperos: que ganaron los ingleses, que se pagó, que Favale tal cosa y tal otra, que el penal no fue (sólo ellos no lo vieron), que bla bla bla. A los que dicen que son virgos yo les contesto que no, son campeones de las excusas. Lo único que les queda es la disputa dialéctica por fuera de la campo de juego, algo que los hace más diminutos todavía.
Hoy el festejo es todo nuestro, ellos se quedan con su impotencia, su amargura y con el sufrimiento de ser el hazmerreir del fútbol argentino. Fue un clásico lleno de gloria, puro honor pincharrata. El 15 de octubre del año pasado ganamos 7 a 0 e hicimos una marca en el fútbol mundial, esta vez demostramos otro juego que vale tanto como los siete goles. Fueron dos, pero en realidad fueron siete.
La creatividad de la hinchada merece una mención final. Los siete pibes vestidos con remeras numeradas del 1 al 7, las banderas con la cifra mágica. Algo que no se olvidará, de aquí en más todos los partidos los ganamos por siete goles.